martes, 3 de noviembre de 2009

Rinconete sobre Ramón Meza

Lunes, 2 de noviembre de 2009


Ramón Meza y su novela Mi tío el empleado

Por Luis Rafael

Ramón Meza (1861-1911) fue un narrador de obra desigual a quien debemos, sin embargo, la novela más innovadora e interesante del siglo XIX en Cuba, Mi tío el empleado (1887). Licenciado en Derecho y Filosofía y Letras por la Universidad de La Habana, se desempeñó como periodista y profesor hasta que tuvo que emigrar a los Estados Unidos, cuando estalló la guerra de 1895. De regreso a la patria, finalizada la guerra hispano-cubana-norteamericana, ocuparía la Secretaría de Instrucción Pública durante el gobierno del general José Miguel Gómez.
Sin embargo, Meza entra en la historia de la literatura cubana desde muy joven, cuando con apenas 24 años publica sus primeras novelas y logra romper el modelo romántico con una obra narrativa que tiende al reflejo realista de su contexto social y a la síntesis de medios expresivos. Cierto que hay notables divergencias entre sus seis novelas publicadas, tres de ellas todavía bajo el influjo de la tradición romántica (Carmela, 1887; Flores y calabazas, 1886; y Últimas páginas, 1891) y las restantes dentro del realismo (El duelo de mi vecino, 1886; Mi tío el empleado, 1887; y Don Aniceto el tendero, 1889).
Con el tema del emigrado español que viene a Cuba a destiempo, en busca del sueño americano, de la tierra prometida de cualquier europeo pobre, este autor presenta una fábula en cuyo trasfondo está la denuncia del expolio sistemático de su patria por parte de las autoridades coloniales y la profecía de la independencia. Vicente Cuevas (el protagonista) y su sobrino (el narrador) llegan a La Habana buscando bohíos y aborígenes semidesnudos y encuentran una ciudad en carnaval donde los convierten en objeto de burla y antecedente del esperpento valleinclaniano, caricatura reiterada a lo largo del libro, en que la narración adquiere tintes expresionistas y grotescos para mostrar una realidad deformada pese a su apariencia de normalidad. Cuevas no tiene formación intelectual, en cambio por haber nacido en la Península tiene derechos sobre los criollos y es así que logra un puesto en la corrupta administración de la Colonia, que resulta el comienzo de su carrera de arribista en ascenso. Gracias a la falta de escrúpulos que caracteriza al personaje y a su afán por enriquecerse, en la segunda parte de la obra Vicente Cuevas es ya Conde Coveo. Dice Martí: «Cuéntase cómo se va en Cuba de Cuevas a Coveo, cómo se enriquecen, a robo limpio y cara de jalea, los empleados, cómo chupan, obstruyen y burlan al país, que pasa en la sombra discreta de la novela como una procesión de fantasmas lívidos y deshuesados...».
La sobriedad en los detalles y las descripciones, el punto de vista del narrador testimoniante y el humor con que relata las peripecias del protagonista son los catalizadores de la eficacia narrativa lograda por Meza en esta obra. Situaciones alucinantes e hilarantes relacionan la novela con la tradición del teatro popular cubano, donde la parodia resultó eficaz antídoto contra el desencanto político y la fatalidad social de la vida en la colonia. Escarnecedora, la risa persigue y satiriza al personaje. La parodia que ofrece Meza no lo será de su Cuevas manteado, de su Coveo enriquecido y solitario, sino de una metrópoli que pretendía domeñar las ansias libertarias de los cubanos y enfundarlos en modelos ajenos a despecho de su naturaleza rebelde e irreverente.

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