viernes, 3 de abril de 2009

Alumbramientos de la poesía cubana


Alumbramientos de poesía



Por: Luis Rafael


Dilatados hacia el alumbramiento de la Mar Océana, los ojos del Almirante, del primer mirador, Cristóbal Colón, parían islas, islotes, pétalos de tierra que comenzaban semejando nubes y terminaban describiendo siluetas azules. La Utopía reencarnaba en la tierra recién nacida por obra de la nueva nominación. El horizonte trazó una línea donde reinaría por siempre el sol de la palabra y cuajarían sucesivos crepúsculos en la metáfora. Gracias al sacrificio de los colonizados, Hispanoamérica se alzaría en pos de un ensanchamiento a que deben el castellano su universalidad y las literaturas americanas su raíz occidental.
Nuestra tradición, como defendería José Martí, el Apóstol de la Poesía —sinónimo aquí de Utopía—, que es la tradición latina, bifurca el mundo viejo en un mundo de savia virgen y prometedoras fructificaciones. Cuando Manuel Zequeira y Manuel Justo Ruvalcaba señalaban la distinción entre los frutos cubanos sobre los europeos, estaban advirtiendo que el árbol cultural del que se reconocían hijos parió un impetuoso retoño. José María Heredia, Poeta Nacional de Cuba gracias a la metaforización de la Patria y la conversión de símbolos de la lírica en atributos de la Nación, traduce al idioma el reclamo de independencia que la cultura americana abortó durante siglos de conquista y colonización. Es Heredia quien redescubre las nominaciones que Colón balbució, Heredia quien enseña la esencia romántica de la realidad nuestra a una generación de hombres ilustrados en la eticidad de la poesía.
Hijo de su auténtica rebelión, José Martí quiere para Hispanoamérica la Modernidad que en Europa se debatía. Hecha hacia la Luz la fértil larva de los tiempos por venir. La Poesía hispanoamericana entonces logra flor y fruto con qué deslumbrar al tronco viejo, que reverdece ante la maravilla de unos galeones retornantes. El Modernismo yerra a través de la Mar Océana desde América hasta topar puerto en Europa y completa en retrocarga el proceso de colonización, conquista y descubrimiento iniciado por Colón.
Gracias a la revolución modernista las literaturas americanas logran su independencia antes que las repúblicas americanas. El Modernismo cuaja en el tiempo la todavía difusa realidad económica y social de América, abre las sendas de la descolonización y la identidad. La cultura, y la literatura como una de sus expresiones cimeras, edifica la Utopía de la Modernidad en nuestras tierras subdesarrolladas y es capaz de dialogar sin enmascaramientos con la cultura que le dio origen y con otras culturas, disueltas oscuramente en su sangre nueva.
Creyó, sin embargo, el aldeano vanidoso, que “su hallazgo” nada tenía que ver con los precedentes y echo almíbar por la melodía y los oropeles, cegado por el brillo de sus corales y tonales, limitó a la forma lo que tenía por fondo el casto abismo de la mar. Confundió la funda con la filosa hoja. Pero enseguida las posmodernidades dieron un mentís a las fronteras que debían ensanchar y estaban a punto de la reventazón, bajo cosméticos de versificadores y prosistas demasiado narcisos para descubrir las humedades de la fuente que los reflejaba. En lo anchuroso de las continuidades, volvió la Poesía a su vital mayúscula, tambaleante bajo el peso de las renovaciones anodinas que intentaban sembrar retoños en las viejas raíces. Pasada la innatural rebelión de las vanguardias, pasadas las marejadas que amenazaban arrasar el azul de las costas, quedó sedimentado y fértil el estero de las confluencias. Vuelta a los comienzos en su presente, Orígenes tuvo el mérito simbólico de continuar la obra silenciosa que dejaron inconclusa los paridores de islas, los fraguadores de estrellas y los poetas polares de la Luz y el Infinito, Cuba y la Noche.
Orígenes vuelve a Martí y retoma su linaje hispánico de tronco fecundo para injertos respetuosos de la majestad que hieren y sorben. José Lezama Lima, Eliseo Diego, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Gastón Baquero, incluso Nicolás Guillén y Alejo Carpentier, alimentan con sus llamas la hoguera en torno de la cual halla refugio y salvaguarda la Nación, una identidad que se hace en el fluir del arrollo serano, que serpentea entre piedras y malezas. Ascuas incandescentes brotan en medio de la Noche, y Cuba renace sobre su realidad y gracias a la realidad de la Poesía.
La Utopía infla sus arrugados carrillos y luce vigorosa mientras los renqueantes galeones anuncian ensanchamientos sobre la mar, océano nombrado finalmente por la Poesía como morada infinita que continúa la Isla y la bifurca por siempre jamás, ya no solo hacia el viejo mundo que le regaló ámbares sino hacia el universo de su propia simiente condenada a engendrar en lo etéreo de las aguas y de la remembranza.
Este hoy que sigue siendo nuestra contemporaneidad alienta a los poetas originales que se identifican con la impronta del remolde como forma nueva de una entidad continuamente reformuladora y simuladora de renacimientos. Es el hoy de los poetas que escriben en el éter del tiempo, mirando al futuro. De una lírica que nace de la Utopía, con el Diario de Colón y continúa haciendo Tierra con Fuego, Aire y Agua.


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