martes, 7 de septiembre de 2010

Entrevista a Luis Rafael publicada por Otro Lunes


Título: "No podría vivir en otra lengua"


Por Amir Valle


Si algo he comprobado que puede definir al cubano Luis Rafael Hernández, que firma sus libros y su trabajo profesional simplemente como "Luis Rafael", es su vocación por el trabajo, pues pareciera que ha nacido para andar siempre enredado en proyectos y búsquedas literarias que van desde la antiquísima riqueza de la poesía árabe hasta la más moderna y actual literatura cubana. Y si a esa vocación sumamos el respeto que siente por todo lo que hace, ya se puede entender cómo es posible que el nombre de este escritor cubano esté vinculado a momentos muy importantes de las letras cubanas en sus más recientes veinte años: dirigir Jácara, la única revista que, en tiempos de Internet, se graficaba íntegramente a base del facsímil de los manuscritos entregados por los autores o dirigir el primer portal literario que existió en Cuba (Cubaliteraria) son sólo dos de esas contribuciones a la Cultura cubana.

Con ese creador, que hoy desanda entre La Habana y Madrid, sobreponiéndose a esos avatares que nos persiguen a los cubanos y con los cuales ya (lo hemos conversado) puede escribir otros libros tan seductores como los que hasta hoy ha publicado, queremos conversar en OtroLunes.



1.- En literatura hay, como diría Faulkner, "muchas formas de zambullirse en la corriente". Quienes te conocemos nos asombramos de tu capacidad para estar en muchos proyectos y por eso, a modo de presentación, quisiera que pienses en cómo surgieron esos (digámoslo así) "múltiples Luis Rafael":

- ¿Cuándo surge el escritor?

Antes de ser escritor fui narrador oral, porque antes de escribir historias, las imaginaba y relataba a mis amigos. No sabía leer ni escribir, tendría entonces unos 4 ó 5 años, pero mi bisabuelo me entrenó como narrador y bajo su influjo surgieron mis primeros cuentos.

Mi tatarabuela, de origen español, poco después de casarse y tener a sus hijos, se había quedado ciega y pasaba horas contándoles los relatos de Las Mil y una Noches y cuentos tradicionales que adaptaba a su contexto cubano. Sospechosamente, los personajes de aquellas aventuras tenían los nombres de los hijos de la tatarabuela y sucedían en parajes cercanos a su casa, pero las historias eran de lo más fantásticas y por eso mismo cautivadoras. Estos relatos nos narró después mi bisabuelo a mi hermana, mis primos, mis amigos más cercanos y a mí. Porque cuando envejeció y se quedó ciego, dejó de ir de cacería o de canturía, en las que improvisaba décimas, y con la oscuridad en sus ojos recuperó la memoria de aquellos fabulosos cuentos recreados por su madre.

Recuerdo que nos encantaba hacer un ruedo en torno del bisabuelo Rafael y que nos contara sobre el Castillo de Irás y No Volverás, el diablo, las brujas, los cuentos de Rafaelito y Carmencita, las historias de las indias, las aventuras de Pancho Flete... Cuando llegó una fecha en que mi hermana y mis primos (todos mayores que yo) debieron marchar a la escuela dejándome solo en el bosque inmenso de los recuerdos infantiles, acaparé la atención de mis abuelos y bisabuelos. Tuve la mejor infancia posible, no puedo quejarme de eso. Mi abuelo me llevaba en bicicleta a pescar y al campo, o a pasear en una locomotora de vapor de mil ochocientos de la que él era maquinista y que acarreaba los carros cargados de olorosa caña de azúcar; mi abuela me dejaba ir con ella a sus clases nocturnas para adultos, en una ruinosa mansión que para mí era lo más semejante a un castillo; mi bisabuela jugaba conmigo y me contaba sobre familiares muertos que en su mente en constante desvarío continuaban vivos y cercanos; y mi bisabuelo me hacía espadas de madera y me complacía con sus relatos, alegre de poder rememorar su propia infancia.

Dando razón a la tradición literaria, vidente ciego, vio el bisabuelo, y una tarde me propuso un pacto: "Hoy te hago un cuento, si luego tú me lo repites sin que falte nada." Las jornadas se hicieron cortas para contar y recontar, al rítmico balanceo de su sillón, los relatos que me llevaban a la exótica jungla, a fortalezas sitiadas, a enfrentar la serpiente de las siete cabezas...

Al cabo, llegó mi turno de ser mayor y fui desterrado del paraíso de mi infancia. Comencé la escuela, pero cargué con el mundo fabuloso de mis primeros años. Las mañanas de colegio que más disfrutaba eran aquellas en que mis amiguitos del barrio me pedían que les relatara historias, las mismas que habían escuchado contar a mi bisabuelo. Pronto gané fama de "cuentero". Recuerdo que cuando la maestra quería tener a los niños tranquilos en el aula me pedía que pasara al frente y les contara algo. Poco a poco, como antes mi tatarabuela y mi bisabuelo, comencé a introducir cambios en los argumentos, nuevas tramas, nuevos personajes. Enseguida surgieron las historias y cuando aprendí a escribir las anotaba en libretas y más libretas, que mi madre me compraba cada semana para que no me faltara papel donde reflejar mis desvaríos fantásticos, cuyo punto de partida eran los relatos del bisabuelo pero en los que mezclaba de todo, personajes y anécdotas de los dibujos animados, y cosas que se me ocurrían o que me caían sobre la cabeza inspiradas como por magia.

A los 9 años gané un concurso de talleres literarios y a los 15 me publicaron mi primer libro de cuentos, que reunía textos escritos mucho antes. Agradezco esa edición porque me convirtió en un escritor y me dio confianza en lo que hacía. Desde entonces no vivo sino para regalar a los demás los relatos que imagino y los textos que fluyen de mi cabeza a las páginas. Solo espero que lo que escribo sea útil, que encienda con su llama la vida de quienes me leen como me iluminaron a mí las ficciones que me narraba mi bisabuelo, a quien tanto debo.



- ¿En qué momento entra el Luis Rafael Editor, ese que hemos visto dirigiendo revistas, preparando antologías...?

Tu pregunta me hace pensar y rememorar. De nuevo mi infancia... Recuerdo que jugaba con mi hermana haciendo periódicos o libros que recortábamos y copiábamos artesanalmente; luego me veo creando una revista con mis amigos de la primaria, que copiaba gracias a mi máquina de escribir y con papel carbón; más tarde, durante la secundaria y el preuniversitario, participando de similares aventuras editoriales, hasta llegar a la revista Jácara, que surgió cuando cursaba el tercer año de la licenciatura y se prolongó durante diez años.

Las antologías (cierto que he publicado y preparado muchas, ¿demasiadas?), han surgido por una necesidad mía de presentar a los demás los textos que me gustan, los textos que quiero lean mis alumnos y mis amigos principalmente. También participan de una búsqueda normal en cualquier artista, de la definición de un canon próximo, que deseas exponer.

Ahora, tengo una anécdota un tanto esotérica que nunca he contado y te voy a relatar, la cual explica mi tránsito hacia la edición. Como sabes yo ejercía como profesor de literatura y capeaba bien las edades adolescentes, pero sucedió que quise hacer una maestría y en la escuela donde trabajaba no me liberaban, así que pedí la baja y me quedé en el aire. Durante algunos meses viví de los guiones que escribía para la radio, pero el pago era mínimo y tenía que entregar de 7 a 8 guiones a la semana para conseguir unos ingresos suficientes, así que estaba pensando encontrar otro trabajo más estable y que no me chupara tantas energías literarias.

Paseando por La Habana Vieja me acordé de un funcionario del Instituto Cubano del Libro a quien había conocido hacía un par de semanas en una reunión con jóvenes escritores. Busqué en mi maleta- baúl y tenía su tarjeta. Me había dicho que en el ICL buscaban editores jóvenes, así que me encaminé hacia el Palacio del Segundo Cabo, para intentar ser recibido por él y explorar aquel universo. De camino allí estuve husmeando en una librería de viejos y compré Lobo de Mar, de Jack London. Recuerdo el papel amarillo y la cubierta deslucida. Las páginas casi se deshacían, pero yo deseaba leer aquella novela hacía tiempo y gasté en el usadísimo y deteriorado ejemplar mis últimos cinco pesos.

Estaba tentando de sentarme a leer en cualquier sombreado parque, pero quise antes probar suerte e intentar ser recibido por el funcionario de la tarjeta que había metido en el libro como marca páginas. "Seguro no está, o casi seguro no podrá atenderme", iba pensando; en cambio, cuando pregunté por él en la recepción del Instituto del Libro, no solo estaba sino que me recibió muy cordialmente y me llevó él mismo a la oficina donde se hacían los libros de las colecciones Huracán y Dragón. El editor al frente de aquellos míticos sellos también fue muy amable, sintonizamos, y me dijo que si yo estaba de acuerdo podría comenzar las prácticas al día siguiente. "¿Qué debo traer?", le pregunté, y él me respondió: "Necesitaría que consigas un ejemplar de Lobo de Mar, de Jack London, es el libro que comenzaremos a editar y no lo tenemos aún".

No lo dudé. Acepté aquel trabajo. Lobo de Mar fue el primero de los libros que preparé y presenté en la colección Huracán, le seguirían otros como Moll Flanders, de Daniel Defoe; Rebeca, de Dafne DuMaurier; hasta llegar a la primera edición íntegra que se hacía en Cuba de Ulises, 78 años después de publicada la novela de James Joyce.



- ¿Y el intelectual interesado en el universo hispanista?

No hay nada que agradezca tanto como tener como lengua materna el español. He estudiado latín, francés, inglés, portugués, italiano, pero sin éxito. Me gusta tanto el castellano, estoy tan sujeto a la semántica de las palabras, disfruto tanto las etimologías y los sonidos del español, que me cuesta muchísimo leer o hablar otras lenguas.

Mis textos, y sobre todo mi poesía, explotan las reminiscencias del idioma con el que pienso y me comunico. No podría vivir en otra lengua y, por otra parte, disfruto sobremanera de la literatura escrita en español, que no tiene nada que envidiar a las demás literaturas, por su diversidad y su hondura.

Pude haber estudiado otra cosa, algo más rentable, pero nada me daba más gusto que la literatura. Mi goce supremo es leer un buen libro, escrito en buen castellano. Los estudios, ensayos y demás, parten de la necesidad de mostrar a los otros los relumbres que aprecio en un texto o en un autor; y que deseo aprecien y disfruten.

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Leer la entrevista completa en Otro Lunes:


http://www.otrolunes.com/php/otrolunes-conversa/otrolunes-conversa-n14-a04-p01-2010.php


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